ANA KURIST, Estonia
Un ojo enloquecido me persigue. No es aquel famoso de 1984, tampoco un alienígena. Presiento que se trata de un ojo muerto en el que aún palpitan deseos iracundos. Lo veo reflejado en los espejos, espiándome a través de las varillas de la persiana. Detrás de la cerradura, allí está él. Sé que me odia, sé que es paciente, espera.