La conspiración

 


NJDEKA AKUNYILI CROSBY Nigeria


El estruendo es atroz.
—¿Está bien, señora? —pregunta el chofer. Su voz es firme sin embargo, en cuanto pronuncia la última palabra su cuerpo se afloja, se aquieta y advierto algo definitivo en esa inmovilidad que me espanta. Otro espanto es el dolor. Tan absoluto que me aplasta contra esta soledad recién estrenada, contra la ruta y el fulgor de los relámpagos y la noche.
Luego de un tiempo que no podría precisar, largo como la eternidad, oigo el motor de un vehículo que se acerca y no deja de asombrarme que mi ser estragado aún pueda oír. De pronto, de pie a mi lado, un desconocido mira mi agónica indefensión y toma su celular con apremio.
—Considérelo hecho, jefe —grita, sobre la ferocidad de la lluvia.